EL DILEMA DE LA CUERDA FLOJA
Como mencioné antes, necesitamos los periodos de estrés para crecer. El dilema no está en su existencia, sino en la capacidad de nuestro cuerpo y mente para tolerarlos, para mantenerse en equilibrio mientras ocurren.
Míralo de esta forma…
Todas las personas, de una u otra manera, caminamos sobre una cuerda floja. Sin embargo, no todos contamos con los mismos recursos para hacerlo. A veces el equilibrio depende de herramientas que son limitadas o frágiles, y avanzar sobre una cuerda angosta en esas condiciones requiere un esfuerzo enorme.
Además, todos cargamos con algo sobre los hombros. Una situación no resuelta no desaparece solo porque dejemos de mirarla. En el mejor de los casos, se vuelve más silenciosa… pero sigue ahí. Y con el tiempo, ese peso acumulado hace que perder el equilibrio sea más fácil, que la cuerda se sienta más inestable y el paso más inseguro.
EL DILEMA DE LA CUERDA FLOJA
Todos caeremos de la cuerda alguna vez. Y sí, la caída duele. Lo que complica el escenario es cuando el contexto —la familia, las condiciones económicas, los privilegios sociales o las diferencias de género— no ofrece apoyo para aliviar el dolor de esa caída ni herramientas para volver a subir a la cuerda.
Aun así, incluso en medio del cansancio o la incertidumbre, decidimos volver a intentarlo…
…Volver a ponernos de pie…
…Subir de nuevo a la cuerda.
Y en ese gesto —frágil y valiente a la vez—, se revela algo esencial: cruzar la cuerda es, en sí mismo, el acto de vivir.
