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Como trabajo

Como psicólogo, mi enfoque terapéutico integra elementos de la terapia sistémica y del enfoque psicodinámico para analizar las razones que te llevan a asistir a la consulta. Ambos modelos me brindan herramientas que me permiten entender tanto lo que sucede dentro de ti como las relaciones que te rodean. La piedra angular de este enfoque es la narración orgánica. Escuchar tu historia, cómo hablas del problema, cómo lo sientes, qué has intentado para resolverlo y qué te gustaría que cambiara. A partir de esa narración, vamos reconociendo juntos cómo funciona el problema y qué recursos personales pueden ayudarte a enfrentarlo de una manera distinta. Mirar la historia del problema también nos lleva a comprender la historia de tus vínculos: cómo te has relacionado con las personas importantes en tu vida, con tu entorno, cómo aprendiste a comunicarte, a confiar, a protegerte y a pedir lo que necesitas. Todo esto influye en la manera en que hoy interpretas el mundo y reaccionas ante las situaciones que te afectan. En ese proceso suelen aparecer patrones repetidos, comportamientos o actitudes que surgen una y otra vez. Reconocerlos nos ayuda a entender cómo, a veces sin quererlo, participamos en el mantenimiento de lo que nos duele. Cuando logramos verlos con claridad, también descubrimos nuevas formas de actuar y de construir relaciones desde otro lugar. Otro aspecto importante es entender cómo el entorno y la cultura nos influyen. Muchas veces la familia, la sociedad, la pareja o los entornos laborales moldean nuestras reacciones, aprendemos a callar lo que sentimos, a restarle valor a lo que nos afecta o a adaptarnos a expectativas ajenas. Explorar esto en terapia nos ayuda a recuperar la libertad de ser quienes somos. Y finalmente está el cuerpo, que es una especie de brújula silenciosa, un termómetro que nos conecta con el mundo que nos rodea. A través de él sentimos, reaccionamos y percibimos cuándo algo nos acerca o nos aleja de lo que necesitamos. Sin embargo, gran parte de la forma en que sentimos y reaccionamos a través del cuerpo no es innata, sino aprendida a lo largo de nuestra historia y del contexto en el que hemos vivido. Hemos incorporado maneras de reaccionar, de protegernos o de buscar afecto que, aunque alguna vez nos sirvieron, hoy pueden no responder a lo que realmente necesitamos. Comprender esa relación entre el pasado y el presente nos da la oportunidad de explorar nuevas formas de habitar el cuerpo: formas más amables, más conscientes y más propias. Un cuerpo que no solo reacciona, sino que también escucha y responde a lo que necesita. Desde ahí, es posible acercarse al reconocimiento del deseo —aquello que nos mueve, nos da sentido y nos ayuda a construir un proyecto de vida más coherente con quien somos—. Aprender a habitar el cuerpo desde este lugar también fortalece la relación con uno mismo, haciendo que la vida se sienta un poco más habitable, auténtica y propia.

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