Vas a pasar TODA TU VIDA contigo mismo/a.
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Hasta tu último respiro
ANTES DE EMPEZAR
Es importante que sepas que la terapia implica una inversión real de tu parte. Y no me refiero únicamente al aspecto económico, sino también a otros recursos igual de valiosos: tu tiempo, tu energía y tu disposición emocional.
Entonces… ¿Vale la pena invertir en terapia?
La respuesta honesta es: depende.
Depende de qué estés dispuesto/a a cambiar, a sentir y a soltar. La terapia no es mágia - es un trabajo. Un trabajo paciente, profundo y transformador.
Pero te dejo esta verdad contundente:

Tiempo: Ir a terapia es un compromiso contigo mismo
La terapia es un espacio que tú te regalas, y como cualquier proceso de crecimiento, necesita dedicación: Sesiones semanales: Generalmente las sesiones son semanales y duran alrededor de una hora. Ese momento es solo tuyo: un lugar para detenerte, respirar y reconectarte con lo que estás viviendo. Entre sesiones: Lo que sucede en terapia no termina al salir del consultorio. Las conversaciones, las emociones, las reflexiones y en algunas ocasiones las actividades de exploración continúan resonando durante la semana. Pensar en lo hablado, observar tus reacciones, probar nuevas formas de actuar o simplemente darte cuenta de algo que antes pasaba desapercibido… todo eso forma parte del proceso. Constancia: Los resultados no llegan de un día para otro. Cada sesión es un paso, a veces pequeño, pero siempre hacia adelante. Con el tiempo, comienzas a notar los cambios: la forma en que piensas, sientes y reaccionas se transforma poco a poco, casi sin darte cuenta. Piénsalo así: La terapia se parece a entrenar para un maratón. No se trata de correr rápido, sino de mantener el ritmo, de seguir avanzando incluso cuando cuesta. Cada paso cuenta, porque cada paso es una forma de volver a ti.

Energía: La terapia es un entrenamiento emocional
¿Recuerdas esa sensación de cansancio después de hacer ejercicio o de un entrenamiento intenso? La terapia, en ocasiones, puede sentirse igual. Cuando trabajamos temas profundos o removemos emociones guardadas, el cuerpo y la mente responden. Es común que después de una sesión te sientas: Fatigado/a mentalmente, como si tu mente hubiera corrido una maratón de emociones. Con hambre, porque el cerebro también gasta energía al procesar experiencias intensas. Con ganas de descansar, buscando un momento de silencio o calma después de haber tocado algo importante. ¿Por qué sucede esto? Durante la terapia activamos pensamientos, recuerdos y emociones que a menudo evitamos en la vida cotidiana. Es como abrir una caja llena de cosas valiosas pero pesadas: al principio requiere esfuerzo, pero es necesario para poder ordenarlas, comprenderlas y darles su lugar. Este cansancio no es algo negativo; al contrario, es señal de movimiento, de trabajo interior, de qué está pasando algo significativo. Y poco a poco, ese esfuerzo se convierte en fortaleza.

El Cambio: Ir a terapia nos enfrenta al desafío de transformarnos
¿Por qué cuesta tanto? Porque incluso aquello que nos hace daño puede sentirse familiar, y lo familiar —aunque incómodo— nos da una falsa sensación de control. A veces preferimos permanecer en una realidad incómoda pero conocida, antes que arriesgarnos a habitar una nueva. El cambio también implica dejar atrás viejos patrones, y soltar duele. A veces se siente como si una parte de nosotros quedara atrás: la versión que nos sostuvo, que hizo lo que pudo para sobrevivir. Pero crecer no es traicionar a esa versión, sino agradecerle y permitirle transformarse. Si cambiar fuera fácil, no buscaríamos ayuda. Pero justo por eso existe la terapia -y este espacio- para acompañarte en ese proceso, para hacer que el dolor sea más llevadero, y para ayudarte a construir, a tu propio ritmo, una forma de vida que te resulte más habitable, más tuya.
Por eso la pregunta real no es ”¿vale la pena la terapia?", sino:
¿vale la pena seguir igual, cuando podrías estar mejor?
Solo tú conoces la respuesta…
Pero si estás leyendo estas palabras y algo dentro de ti se mueve, si una parte —aunque sea pequeña— siente curiosidad o se identifica con algo de lo que he dicho, quizás ese sea el inicio.
Porque a veces el cambio comienza así:
con un susurro suave del corazón
